sábado, 17 de abril de 2010

CARTA A UN ALUMNO

Hace unos días me dijiste, querido alumno, que era fácil la tarea de un maestro: “sólo tiene que explicar lo que ya sabe”. ¡Ay si tú supieras...!
¿No te he dicho nunca que la mayor parte de lo que te enseño lo aprendí sorteando los obstáculos contigo, creciendo yo también a tu lado? La Universidad o el profesorado te muestran el sendero; pero el camino sólo se hace al andar. Lograr que reconozcas los pronombres, que resuelvas una ecuación, que aprendas a leer, o que valores la Ilustración, no me convierte en una buena educadora. En un mundo plagado de información, yo
debo contribuir a tu formación.
Para que tú seas justo, yo debo ser ecuánime.
Para que seas tolerante, yo debo ser comprensiva.
Para que seas responsable, yo no puedo ser negligente.
Para que tú aprendas a quererte, yo debo darte ánimo.
Y, por encima de todo, debo ser paciente... ¡Muy paciente!
A veces me insinúas (en voz baja o sin palabras) que sea tu confidente, que interceda por ti… Te abracé y calmé tu llanto al entrar por vez primera en el aula; al pasar el tiempo, aumentaron mis exigencias y tus reproches,… sosegué tu ímpetu; y ahora te encaminas hacia más altos vuelos, lejos de mí. Si alguna vez me asalta la
tentación de tirar la toalla, viene a mi memoria aquella sentencia implacable del Principito: “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado”.
¿Conoces a Khalil Gibran? Es un poeta libanés. Espero no ser presuntuosa si ahora atribuyo a los profesores unas frases que él dedica a los padres: “Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia lo lejos. Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os doblegue. Porque, así como Él
ama la flecha que vuela, ama también la estabilidad del arco y su constancia”.
Cuídate mucho, querido alumno, y sabe
que tu recuerdo y gratitud son mi mejor recompensa.
(autora: Una profesora Margarita González Canga)